El viaje a Gambia ha sido de esas experiencias vitales que nunca se olvidan. Aparte de ser un país precioso, con idílicas playas, grandes resorts, increíbles selvas y recursos naturales y gente muy amable, viajar a Gambia es cambiar el chip, aterrizar en otra realidad que se te mete dentro, cargando la maleta de vivencias que te acompañarán en el recuerdo durante toda una vida.
Y precisamente por ello creo que todos deberíamos hacer un viaje de este tipo, para darnos cuenta de que hay mundo más allá de nuestro ombligo, y de que hay veces en las que es bueno analizar nuestra realidad y “problemas” desde otra perspectiva.
Gambia es conocida por el sobrenombre de “Smiling Coast”, y es que este país africano con años y años de ocupación extranjera, con un pasado marcado terriblemente por la esclavitud y un presente aún difícil, se enorgullece del carácter de sus gentes, siendo un auténtico ejemplo para todos. Así, conocer Gambia es enamorarse perdidamente de la sonrisa de sus niños, de sus hombres y mujeres. Será esa sonrisa la que te reciba al llegar y la que te despida al salir, la que te alegre los días y la que se te contagie irremediablemente.
Y todo ese “buen rollito” va aderezado de una fuerte esencia rastafari. Sí, sorprende. Al menos yo no lo esperaba. El reggae forma parte de la cultura local, al igual que su filosofía. Y no te extrañe que algún gambiano se te presente como Bob Marley, o que te ofrezcan marihuana desde el primer día.
De hecho, durante la temporada alta de turismo, que arranca en noviembre, se incrementa el número de policías turísticos, y cuando algún local molesta a algún turista (no me refiero a robos ni nada de eso, que es muy raro que se produzcan, sino a ser pesados, tratando de venderte algo o lo que sea), el primer castigo que le imponen es el de cortarle las rastas.
El “no problem” que escuchan los turistas constantemente, o el “no pasa nada” en su versión española, son algo más que expresiones de cara al visitante, se trata de una filosofía de vida, la de una gente tolerante que con inocencia y trabajo duro hace que te cuestiones muchos de los valores de tu propia sociedad. Es la clara muestra de que hay gente en el mundo que es feliz con muy poquito, porque al fin y al cabo, aún pudiendo anhelar muchas de las comodidades y privilegios que tenemos en otros países, son felices con lo que son y con lo que tienen.
En definitiva, en Gambia se respira paz, más allá de un mera desconexión tecnológica, o de perderse en un paisaje de ensueño. Me refiero a esa paz que te hace escapar de tu mundo y rutina para encontrar la verdadera nobleza de las personas. Porque hay experiencias que valen mucho más que el dinero que seamos capaces de pagar, como una sonrisa que desnuda el alma, un brillo en los ojos que nace de la curiosidad o un simple saludo que logra que un sencillo gesto cobre un nuevo y dulce significado. Esto es Gambia, es la magia de África.
