Abróchate el cinturón! Sobrevolamos Canadá en hidroavión

Si eres un aventurero de los que aman surcar el cielo, en Canadá no te quedará más remedio que subirte a bordo de un hidroavión para despegar desde alguno de sus bellísimos lagos de postal. Toma nota viajero. Esta es la experiencia que no debes perderte.

Canadá es el país con más lagos en todo el mundo, unos 3 millones, repartidos de norte a sur y de este a oeste. Una característica geográfica, o quizás una bendición para los amantes de la naturaleza, que se ha ganado el derecho de formar parte de la cultura canadiense. Por eso no es de extrañar el encontrarse con estampas tan típicas como coches en la carretera transportando sus canoas, o padres enseñando a sus hijos desde bien pequeños las artes de la navegación a bordo de kayaks.

Mientras en Estados Unidos miles de viajeros se suben a diario en helicópteros para sobrevolar el Gran Cañón o la siempre impresionante Nueva York, en Canadá la experiencia por excelencia es la del vuelo en hidroavión.

Si visitas la costa este del país, acércate al norte del Parque Natural de La Maurice, una de las joyas naturales nacionales, en la provincia de Quebec. Allí podrás vivir la experiencia. Un inquieto empresario y piloto, Remi Thibodeau, compró hace algunos años una de las hidrobases más antiguas del país, la del Lago-a-Beauce, incorporando una estupenda flota para ofrecer a los viajeros vuelos turísticos sobre paisajes de ensueño. El sitio en cuestión fue rebautizado como Aviation La Tuque, tomando el nombre de la región donde está situado, La Tuque, una zona natural realmente hermosa.

Los hidroaviones, como sabes, despegan y aterrizan sobre el lago, y aquí los hay con capacidad para 4, 5 o 6 personas. Si bien antiguamente se utilizaban para la extinción de incendios, o para transportes sanitarios de emergencia, entre otros usos, ahora ofrecen una opción muy diferente.

Nuestro primer vuelo en hidroavión

En nuestro road trip por la costa este no podía faltar esta experiencia. La reservamos con antelación y la idea era aprovechar nuestra visita a La Maurice para luego acercarnos en coche hasta la zona. Menos de dos horas de trayecto. En Canadá las distancias son tan largas que recorrer ese tiempo en carretera es como darse un paseo.

Llegamos algo nerviosos. Ricky, Fer, Vero y yo nos íbamos a iniciar por primera vez en esto del hidroavión. Las primeras veces siempre son emocionantes.

Una vez hechas las presentaciones y trámites, nos dirigimos al pantalán para subirnos al pájaro, lo abordamos y tras unas explicaciones de seguridad, llegó el momento de lanzarse a la aventura.

Abróchate el cinturón que despegamos

Como si se tratara de una lancha a toda velocidad, vamos cruzando el lago de un extremo a otro y sentimos cómo muy suavemente nos elevamos. Lo primero que nos llama la atención es la estabilidad, no se mueve en exceso ni bruscamente. Aquí no hay miedos.

La vista de ese extraordinario paisaje es como tocar el cielo con los dedos. Bueno, espera, sí, estamos tocando el cielo. Simplemente indescriptible. Hectáreas de bosque bajo nuestros pies, que se extienden hasta donde alcanza nuestra vista, salpicadas por lagos de todos los tamaños y formas, algunos incluso con pequeños islotes en su interior. Y entonces es cuando uno piensa: esto es Canadá en estado puro.

El piloto nos lleva por diferentes zonas mientras nos explica lo que estamos viendo. Las fotos van y vienen, selfies, videos… pero como el vuelo no es corto, unos 20 minutos, voy a soltar la cámara y disfrutarlo. Grabarlo donde realmente importa. En mis retinas. Qué sensación de subidón, me siento como una exploradora descubriendo y conquistando nuevos mundos. Todo es nuevo. Todo es diferente.

Sobrevolamos parte de La Maurice, incluido el río. Me gusta Quebec. Su preciosa ciudad tan afrancesada y sus zonas naturales. Qué acierto al buscar en nuestro viaje estos contrastes.

Toca aterrizar. Y en este caso el final no es amargo. Terminar algo que me gusta siempre me da pena, pero oye, que aquí terminamos aterrizando sobre el agua. Y quiero vivirlo. Qué sorpresa, es también suave. No nos mojamos ni saltamos sobre nuestros sillones. Vale, lo sé, me había montado una película en mi cabeza rollo parque de atracciones. Me gusta sentirme intrépida. Pero eso no le quita emoción. Me encantó.

Mi abuelo, que es un viajero muy experimentado, se había subido en hidroavión hace años cuando viajó a Canadá. También en Quebec. Y me dijo: puedes visitar lo que te de la gana, pero por nada del mundo te pierdas este tour. Me contaba con la sonrisa de oreja a oreja cómo había querido subirse de nuevo al terminar y repetir, pero que no pudo porque no tenía más tiempo.

Ahora lo entendí. Yo también repetiría. Cuánta razón abuelo. Fue alucinante!

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